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martes, 13 de diciembre de 2016

El más dulce de todos los sonidos es un...ELOGIO (Jenofonte)






Todos la admiraban por su gran abnegación, siempre dispuesta a ayudar, en su fuero interno ella también lo creía, estaba convencida de ser una persona sufrida y aunque se quejaba a veces, especialmente de él, su marido, un hombre egoísta que no la valoraba lo suficiente, sabía que ella era el sostén de aquella familia.

Un hombre, su esposo, que todos los días tenía que recibir con buena cara en su casa a su suegra, la cual no le tenía demasiada simpatía,  criticaba todo lo que NO hacía, le reprochaba que vivía arrinconado en su sillón viendo la tele, que no jugaba con sus hijos, que no ayudaba a su mujer.

Él, en realidad, se consideraba mas bien poca cosa, lo que oía a todas horas...que si no era un padre amoroso, que si no ganaba suficiente dinero, que mira ella que buena madre, esposa e hija es, que tan eficiente en su trabajo, que todo lo hacía bien, que nadie hacía las cosas como ella y su madre de ella, que los niños estaban tan bien gracias a ellas...

Con el tiempo, su mujer también le ofreció a su hija cuidar de la nieta para que ella, su hija, fuera independiente trabajando fuera de casa sin tener que pagar a una niñera, pues, dónde iba a estar la niña mejor que con sus abuelos. 

Así que como a la abuela le dolía la espalda y las rodillas, el abuelo la ayudaba en cogerla en brazos, bañarla y todo lo que suponía un peso excesivo para su mujer. De manera que ahora ya tenían las visitas de la bisabuela y la nietita.

Ellas, las abnegadas sufridoras, trabajaban con ahínco para mantener todo ese bienestar familiar, en realidad, él optó por acomodarse, por no imponerse...ya que ellas eran las que sabían todo mejor, se fue adaptando a ser eso, un hombre sentado en su sillón viendo la tele al que nadie, consideró abnegado.