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sábado, 15 de abril de 2017

El amor, ¿Es ciego?







Se escucha con frecuencia la frase que da título a esta entrada y a mi siempre me ha sorprendido, porque yo no creo que el AMOR pueda ser ciego, si es ciego es inconsciente, luego no puede ser amor desde mi punto de vista.

No puedo amar a alguien que no conozco, puedo sentirme atraída por algún otro motivo, pero amor...no creo. Muy al contrario, pienso que es amor cuando viendo, conociendo al otro y a pesar de sus incompatibilidades lo acepto, no es fácil amar plenamente a los demás ni a uno mismo siquiera, pues persiguiendo no sé porqué razón, la perfección, nos vamos creando espectativas que casi nunca se cumplen, hablo de uno mismo y lo que es más arduo, de los demás.

Así que para mi amar es conocer, experimentar, ver, saber cómo siente uno mismo y el otro, por eso es tan complicada a veces la relación con el diferente, con el que muchas veces, aún a nuestro pesar, pretendemos que sea como nosotros, que sienta igual o se comporte como esperamos. 


jueves, 30 de marzo de 2017

Titulitis aguda.





Levantó la mirada para dirigirse a sus ojos, lo que acababa de escuchar era tan cruel a sus oídos que estuvo a punto de reaccionar apasionadamente, de contarle cómo había sido su adolescencia, su juventud, porqué no tenía un título universitario como él, que se jactaba de ello y recriminaba a los que no habían "estudiado" diciendo que mientras él "estudiaba" los que no lo habían hecho habían tenido ese tiempo para divertirse, para dormir, que ahora había que distinguir el esfuerzo de unos y la holgazanería de los otros.

Pensó en sus diecisiete años, levantándose a las seis, caminando una hora hasta su trabajo de administrativo, haciendo horas extras los fines de semana para ganar algo más, volver de nuevo caminando cuesta arriba a su casa, lo hacía además con esa alegría que pone la juventud, con el alma liviana, de la misma manera que a final de mes el sobre completo de su salario iba a parar a las paupérrimas arcas familiares para la colaboración obligatoria de la manutención de sus hermanos y madre, su padre había abdicado de sus obligaciones como tal. Algunos meses le costaba no quedarse con nada para él, tiraba el sobre en el aparador de mala manera y su madre le reprendía, diciéndole que dios le castigaría por su forma de actuar.

Estaban en el comedor de profesores, aquél incauto arrogante titulado universitario tenía un título, habría aprendido a dar clases a los alumnos, pero en realidad, no sabía nada, su vanidad no le dejaba ver, su ego le impedía saber ser, era un contenedor de conocimientos prácticos adquiridos, que le servían para eso, dar clases, pero interiormente se le antojaba a él vacío, así que calló, no contestó a la provocación, prefirió dejarle que siguiera su camino en la senda que había elegido, que tardara un poco más en encontrar lo verdadero, si es que alguna vez lo encontraba, esa, fue para él la mejor reacción.


domingo, 12 de marzo de 2017

A ese pedazo de ser humano.



A ti que tratas cada día de superarte, 

a ti que la generosidad se te hace ardua
y sobrepasa los límites de tu miedo,
una inseguridad que te fue transmitida,
un desasosiego que te hace desconfiar
de lo nuevo, de lo extraño, de lo inesperado.
Te veo luchar contra ti mismo,
incluso sin ser del todo consciente,
sobreponerte a tus inclinaciones
de conservar, de no compartir, 
te veo ir más allá de tus limitaciones,
queriendo ser altruista sin haberlo aprendido,
modificando a menudo tus inclinaciones
de controlarlo todo, de prever lo imprevisible.
Pero día a día, año a año vas aprendiendo
con esfuerzo, con la voluntad fuerte
de quien empieza una nueva tarea cada día,
que caes pero luego te recompones
juntas tus trocitos y vuelves a completar 
tu puzzler de emociones varias
de equivocaciones dolorosas, de auto perdón.
Hasta el ilustre apellido te regatearon 
cuando quisiste querer, cuando decidiste regalarlo
a quien no llevaba sangre "azul"
pero aquel fue el principio de tu nueva historia,
de tu nueva vida, la demostración de tu hidalguía 
de tu verdadera valía, lejos de estereotipos
creados por mentes frívolas 
erigiste en ti la verdadera nobleza 
la que no se lleva en los apellidos
la que se demuestra siendo y sintiendo
como un ser humano.

sábado, 4 de marzo de 2017

¿Es la voluntad más fuerte que el amor?




Amor o voluntad.

Era joven y la vida le sonreía por todas partes, una familia adorable, un trabajo entretenido y bien remunerado, un esposo atento, buen padre y mejor compañero, pero, siempre aparece el pero...

Una de las mañanas que se incorporó a la oficina de firmas lo vio, no puede ser pensó, estos militares tan atractivos no es común que te los asignen para unas maniobras de una semana, normalmente eran señores mayores y nada atractivos, pero él... Se dirigió a ella con una sonrisa de esas que desarman, se presentó, soy Luis y tú debes ser Helena, reaccionó lo más naturalmente que pudo, tratando de evitar su turbación.

Aquélla semana pasó como un rayo, había llegado la hora de despedirse y así lo hicieron, hubo cierto coqueteo entre los dos, pero nada más, así que Helena volvió a su casa y a su rutina de nuevo. 

No podía dejar de pensar en Luis, le molestaba no poder quitárselo de su mente, le remordía la conciencia cuando de repente se sentía ausente mientras su marido le hablaba, se estaba convirtiendo en una obsesión.

Hasta que le volvió a tocar trabajar con Luis de nuevo, él ya no disimulaba su atracción por ella y allí estaba ella haciendo de tripas corazón para no caer en lo que más deseaba en aquellos momentos, darse a él por completo. Cuando terminaron los días de trabajo, Luis le dijo que iba a estar esperándola en el hotel, (Él venía destacado pues no tenía base donde ella vivía). Mientras conducía de vuelta a casa pensó que quizá esa sería una buena solución, harían el amor y seguramente después todo volvería a la normalidad. No fue capaz. Volvió a la rutina. 

Siguieron los encuentros de trabajo y era ya imposible olvidarle. Casualmente, a su marido le ofrecían un nuevo trabajo en otra zona y le preguntó qué le parecería mudarse. No lo pensó dos veces, le dijo que sí, pidió asimismo traslado para ella, era la solución a esta situación que ya se estaba haciendo insostenible. Había hecho una lista de lo que perdería si seguía su instinto, iba a perder mucho, iba a hacer daño, no se lo iba a perdonar nunca a ella misma. De esa manera no fue difícil tomar la decisión.

Nunca más volvió a ver ni a saber de Luis. Nunca supo cómo hubiera sido su vida si hubiera dejado que su marido se hubiera marchado unos meses antes como él mismo sugería, para una vez instalado que ella y los niños definitivamente se mudaran a la nueva ciudad. Algo dentro de ella clamaba por alejarse de aquella situación que le había robado su paz, su rutina. No se arrepintió nunca de haber tomado aquella decisión.

A propósito de esta historia me he preguntado: ¿Qué es más fuerte, el amor o la voluntad?, ¿Cuántas historias como esta han terminado de manera diferente?, ¿Es cuestión de lucidez, de madurez o de frialdad y resignación?. Supongo que simplemente cada uno actúa según su conciencia, su valentía o acomodo. Pero estas cosas pasan...y el amor prevalece...¿O es la voluntad?

martes, 14 de febrero de 2017

Hechos son amores y no buenas razones.






El cinco de enero era cada año un buen día para el "negocio" como lo llamaba su madre. Regentaba la mujer una mercería en donde podías comprar de todo, desde una sedalina hasta un juguete. Estaba situada en un barrio de la ciudad no muy céntrico, de manera que se sustentaba con el vecindario. A veces, porque el local tenía dos escalones en el acceso, la llamaban desde la calle, sin subirlos, para que les alcanzara lo que querían comprar, entonces su madre le decía que le mostrara a la señora remolona lo que fuera que había pedido, ella así lo hacía y además cobraba y le daba la vuelta para que no se molestara en subir.

Su padre, que ahora estaba "embarcado" había invertido todos los ahorros que logró reunir en los años que estuvieron emigrados en Sudamérica, en aquella esquina, su hermano se lo había traspasado, los había engañado y todavía pasaba con su libretita a cobrar a su madre los restos de la deuda del ausente, Amalia veía cómo su tío tachaba una cantidad de lo que llevaba apuntado cuando su madre le entregaba lo convenido. En aquel tiempo la mujer no pintaba mucho, así que sumisa se adaptaba ante el hecho de seguir pagando a su cuñado lo que su marido le debía a pesar de tener los tres hijos a su cargo y haber estado en contra de aquella ruinosa operación.

Ella pensaba que su mamá no era muy tierna, ni con ella ni con sus hermanos, pero la adoraba y admiraba, contaba Amalia aquella Navidad once años, ella y su mamá sabían que el cinco de enero los grandes almacenes como Galerías Preciados cerraban muy tarde, así que les daría tiempo de cerrar un poco antes y con lo recaudado en aquel día se iban a comprar los juguetes que más ilusión les haría a sus hermanos de nueve y cinco años, ellos todavía creían en los Reyes Magos, pero ella, como era la mayor, era la que acompañaba a su madre en todo, era también su paño de lágrimas como si dijéramos, porque ella entendía perfectamente, que su madre, aunque no les acariciara ni les dijera palabras melosas, los adoraba, por eso hacía todo lo que hacía y les repetía con frecuencia aquello de  "Hechos son amores, no buenas razones".

 Sabía que su madre también le tendría una bonita sorpresa a ella, que cuando despertara el día seis, junto a su zapato habría regalos que ella deseaba. Disfrutaba sabiéndose importante para la familia, ella ayudaba a su madre, cuidaba de sus hermanos además de ser su confidente, de esta manera creía estar enterada de todo lo que ocurría en su familia, incluso, más de una vez daba consejos a su propia madre que esta escuchaba atentamente y hasta los encontraba acertados. Había sido muy buena estudiante en el colegio de monjas y siempre sacaba buenas notas y premios, hasta que su padre se fue. Ahora los estudios se le estaban haciendo más difíciles porque había tenido que pasar al Instituto y allí todo era distinto.

Eran las seis de la mañana, sus hermanos ya estaban despertándola para que les acompañara a ver qué habían dejado Los Reyes, pues estaba oscuro y les daba miedo, pero la ilusión brillaba en sus ojos infantiles. ¡Había llegado el Día Mágico!