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miércoles, 8 de noviembre de 2017

Ese ser humano llamado hombre.



Hoy me voy a dedicar a un tema peliagudo, y digo esto porque solo por la culpa de algunos de ellos, los hombres están siendo denostados como no lo habían sido nunca hasta ahora, y, qué quieren que les diga, a mi me encantan los hombres, esos, que desde mi punto de vista son la mayoría, que se esfuerzan por encajar en una sociedad que de repente les ha demostrado que estaban equivocadas esas costumbres que enseñaban que había que proteger a las mujeres, tenían que prepararse para ser cabeza de familia, encargarse de la manutención, de trabajar de sol a sol para el bienestar de los suyos demostrando un altruismo digno de encomio.

Pues bien, esto ahora es diferente y es muy bueno, pues las mujeres estamos consiguiendo desde hace décadas y con mucho esfuerzo, que se nos considere personas con derechos y deberes exactamente igual que los de ellos, cosa que hace algunos años era impensable. Lo que no quita que ellos también sigan trabajando como siempre para conseguir situarse en una sociedad cada vez más exigente. Pero, paralelamente al avance social de la mujer noto como un especial interés en algunos sectores, en competir contra los hombres, o por lo menos, es lo que a mi me parece.

El ser humano, es así como deberíamos definirnos en vez de andar buscando etiquetas de género o de cualquier otra cosa, el ser humano es único, por lo tanto, sería ideal que nos ayudáramos entre nosotros en vez de estar buscándonos los fallos. Veo hombres que trabajan duro para salir adelante, que aman a sus mujeres y a sus hijos, muchos, muchísimos, no entiendo porqué ese afán de meternos con ellos, de en muchos casos intentar darles lecciones. Así solo se consigue la lucha constante y se nos escapa la vida en enfrentamientos inútiles, porque el ser humano que quiere crecer lo hará y el que prefiere vivir en la ofuscación también lo hará por mucho que nos afanemos por cambiarles.

Por eso, hoy rompo una lanza en favor de esos seres humanos denominados hombres, por sus luchas por entender los cambios, por su trabajo, por su paternidad y sus desvelos en pos de un entendimiento con sus parejas, por sus amargas lágrimas en soledad, por sus silencios ante injustas sentencias. Y es que de todo hay en este convulso mundo que habitamos, donde no siempre el ser humano malparado es la mujer.


viernes, 12 de mayo de 2017

Desaprender. No es cuestión de aprender mucho, es cuestión de desaprender mucho. Osho


“Pero lo más grave es que ni siquiera nos vemos a nosotros mismos como tales, sino la envoltura y la apariencia de nosotros mismos, justo aquello que, cuando tengamos claridad y sabiduría, descubriremos que no somos.” Ramiro Calle






¿Porqué no había aprendido a volar?, ¿Porqué siempre había vivido para los demás, dónde había aprendido a vivir de esa manera?, añoraba ser libre de ella misma, de repente, se dio cuenta, se había convertido en una máquina de trabajar, de estar siempre disponible, cantando incluso y feliz...¿Feliz? La verdad es que solo había volado cuando su trabajo de azafata se lo había exigido, pero ni siquiera en aquel tiempo levantó sus pies del suelo.

Recordó cuando hacía muchos años una amiga le regaló aquélla tarjeta, en ella se veía una niña que levitaba con una sonrisa muy amplia en su cara y una frase que decía, "Vuela, para volar solamente tienes que de la tierra tus pies despegar", algo por el estilo. Su amiga que la conocía bien quería indicarle que no fuera tan terrenal, tan ecuánime, tan dedicada y esforzada. Lo agradeció, le hizo gracia, pero no supo cómo hacerlo, ella volaba con sus libros, en sus letras, pero en su realidad jamás había despegado sus pies del suelo.

Sintió una profunda tristeza, siempre había creído que hacía lo correcto, pero ahora dudaba, no era la primera vez que se había sentido atrapada de aquella forma, que sentía el anhelo de marchar, de probar cómo sería esa otra forma de caminar, sin lastre, pero el peor cargamento lo tenía ella en su alma, unas cadenas que estaban cerradas con un candado imposible de abrir. El candado del apego, a las personas y a las cosas. Tenía un arduo trabajo por delante: Desaprender.