Otra vez discutían, gritaban, se insultaban, bajó la escalera, allí estaban, como tantas veces, desde su escondite los miraba, sin poder hacer nada, solo taparse los oídos y llorar...
Salió al jardín, miró las rosas, eran tan bellas, los árboles, el cielo, aunque nuboso dejaba entrever su azul celeste, la luna ya aparecía en un atardecer todavía claro. Abrió la puerta de la cancela y salió a la calle, primero caminando, luego corriendo huyó de aquel horror que era su vida, su casa, sus padres...
No quería pensar en ello, quería solo admirar cuanto de bueno encontraba a su paso, anhelaba la paz, el sosiego que parecía haber dentro de las casas de aquella lujosa urbanización, deseaba sentirse tranquila, sin sobresaltos, segura. ¿Era pedir mucho?
Entró en el parque , silencio, cantos de pájaros, el viento movía las hojas de los árboles produciendo un breve murmullo que a ella se le antojaba música, en el pequeño lago seguían los cisnes y patos en su apacible paseo por aquellas aguas tranquilas, se quedó un rato absorta, contemplando...
De repente, una mano en su hombro, miró hacia arriba, allí estaba él, un anciano de cabello blanco que la miraba con dulzura. -¿Cómo te llamas? - Quiso saber- Ana- contestó tímidamente. -¿Cuántos años tienes?- Seis- Y tus padres, ¿Dónde están?- Discutiendo, en casa.-
-Dame la mano, te acompañaré hasta tu casa, no puedes estar sola en la calle- Gracias- le dijo, -No se preocupe, ya estoy sola en la vida- dijo bajito, se agarró de aquella mano cálida y se dejó acompañar...

