Subió al autobús escolar, su mamá le dio un cariñoso beso como siempre hacía para despedirla sin imaginar que ese día su querida niña experimentaría una de las jornadas más terribles de su vida.
Por aquellos años los autobuses no estaban obligados a llevar acompañantes como tampoco a tener las puertas cerradas. Hicieron varias paradas más, en el primer asiento, justo encima de la puerta delantera viajaban dos niñas. El chofer arrancó y al momento, sin que las alumnas se percataran de cómo había ocurrido, un brusco frenazo hizo que la niña que iba sentada en el pasillo saliera disparada por aquella puerta abierta, las ruedas traseras pasaron por encima de su cuerpecito, el conductor, desesperado bajó para descubrir horrorizado lo ocurrido.
En medio de aquel susto, las niñas gritando, llorando, él no sabía qué hacer, los transeúntes se agolpaban al ver lo ocurrido, lo que que se le ocurrió fue subir a la niña accidentada, la puso en el pasillo, arrancó de nuevo y se dirigió al colegio, mientras tanto las alumnas aterrorizadas hacían toda clase de conjeturas.
El hombre lloraba mientras conducía, tan asustado como sus pasajeras. Llegaron al colegio donde había mucha gente esperando y policías, tuvieron que pasar por encima de todo aquello, una a una, las niñas fueron ayudadas a bajar, no entendían qué estaba pasando.
Los padres fueron llegando a recogerlas. Preguntó a su madre qué le había pasado a su compañera, que si estaba muerta, su madre le contestó que posiblemente podrían vendarla y curarla, pero ella había visto el dantesco espectáculo, no entendía cómo iban a arreglar aquel cuerpo...
A partir de entonces, muchas noches, desde sus cuatro añitos, soñaba con su compañera, la veía vendada de la cabeza a los pies, sentada en el alféizar de una ventana mirando al cielo, su mamá, junto a ella, le contaba cuentos de fantasías felices...

