Estaba en la cocina pelando unas arvejas (guisantes) que le había regalado su hermano de la finca que trabajaba. En ese momento, sin darse cuenta se sintió con once años, en la mesa de la cocina de su casa con su mamá y sus hermanos, en el centro una fuente llena de ellas para pelar, era la tarea que mamá les había puesto esa mañana, siempre lo hacía cuando había que ayudar, entre los tres llevaban a cabo la tarea encomendada.
-¿Puedo comerme una cruda?- le preguntó a su madre, a lo que ella contestó con su dulce sonrisa - Sí, pero solo una, que te pueden sentar mal- Así que se comió unas cuantas arvejas crudas que le supieron a gloria, sus hermanos hicieron lo mismo puesto que ella era la mayor y siempre le copiaban.
Es increíble, como los recuerdos vienen a nuestras mentes en el momento menos esperado. Se preguntó si su madre, ya ausente hacía demasiado tiempo, sería consciente de que esos momentos pasados juntos iban a ser tan poderosos que a través de tantos años todavía siguieran vivos en sus hijos.
De la misma manera, pensaba que en un futuro también sería recordada por los hijos, por los nietos, por esos momentos que casi inconscientemente pasamos juntos y llenan nuestras vidas, momentos haciendo cosas sencillas, cotidianas, pero que forman parte de nuestras vivencias, de nuestro carácter, me atrevería a decir. Y es que es muy cierto que la vida está hecha de esos pequeños detalles, de esas inadvertidas complicidades...

