Se sentía atrapada, su espíritu de libertad le gritaba desde muy adentro que se zafara, que dejara de seguir siendo la niña buena y dócil que siempre había ofrecido a los demás, tratando de contentar a todos a pesar de sí misma.
Iba cumpliendo años y aquello era cada vez peor, su pareja, su madre, su hija, el trabajo, todos exigían lo que ella ya estaba cansada de dar: Sumisión. Pero algo dentro de ella la forzaba a dirigirse por otro sendero, pero, ¿Cuál?
Había dado el gran paso y fue un alivio, un tiempo de dolor y después paz, la sensación de haber hecho lo correcto para sentirse digna de sí misma. Pero ahora es distinto, los lazos son más fuertes, los lastres más pesados, además está la cuestión crematística, no sabemos cómo sobrevivir sin el sueldo mensual que se ha convertido en la cadena más difícil de romper.
Una encrucijada que solo ella con sus decisiones podrá solventar. ¿Se atreverá? La consciencia de lo efímero de la vida terrenal quizá sería una ayuda, nadie merece que sacrifiquemos nuestros días por el supuesto bienestar de otra persona, pero es una ardua decisión que se tiene que tomar sin remordimientos, con el convencimiento de que los demás también eligen si vivir o sobrevivir.




